“Comunicarse es alcanzar la humanidad del otro y abrirle el acceso a nuestra propia humanidad. Es ampliar la mirada sobre nuestras experiencias, ofrecernos mutuamente diferentes perspectivas sobre nuestras historias y sobre nuestra condición común. La condición humana. La comunicación es impensable sin el prójimo, el semejante. Y, considerándola así, hasta podríamos decir que la comunicación es amor”. Sergio Sinay
La necesidad de comunicarnos es evidencia clara de la diversidad que nos define como humanos. No hay dos personas iguales, no hay dos experiencias idénticas. En la vinculación de estas diferencias nos reconocemos. Es el otro, el semejante, su mirada y su presencia quien garantiza nuestra identidad. Tenemos nombres para ser llamados, nombrados (incluso insultados), entre otros, por otros.
¿Millones de teléfonos móviles y de cuentas de correo electrónico son testimonio, entonces, de un mundo más comunicado? La respuesta pide que quitemos la vista de las cifras y estadísticas para posarla en las personas. Podremos ver parejas (están ahí, en cualquier restaurante) que se pasan el almuerzo con uno de ellos aferrado a su teléfono, en una o en varias conversaciones en serie. No cruzan palabra entre sí. No se miran. Veríamos familias que, en apariencia, comparten una actividad, en donde uno o más de sus componentes están de cuerpo presente, pero ausentes desde lo vincular. Se los ve rehenes de su teléfono.
En aeropuertos, salas de espera, supermercados, centros comerciales (esos sitios que el antropólogo francés Marc Augé denominó “no lugares”), nos encontraremos con seres mudos, sin contacto entre sí, con sus miradas absortas en las pantallas o perdidas en el vacío mientras sus orejas (que no oídos) están pegadas a un auricular. En las calles veremos amigos, matrimonios, padres e hijos, que caminan como si anduvieran por raíles paralelos, mientras hablan, tecnología mediante, con alguien que no está allí.
El teléfono móvil, el correo electrónico y toda la parafernalia comunicante de nuestra era, tienen la virtud de abreviar los tiempos y hacer desaparecer los espacios que nos separan de otros. Son medios para salvar distancias con diferentes propósitos (afectivos, médicos, económicos, comerciales, científicos, deportivos, informativos, etc.). El problema con los medios de cualquier tipo surge cuando se convierten en fines. Quizá sea el tiempo de preguntarse, si estos medios de comunicación no se han convertido en fines en sí mismos. Poco a poco, se desplaza la cualidad del servicio y aparece la de símbolo de identidad. Sin teléfono móvil, sin cuenta de correo electrónico, se corre el riesgo de empezar a quedar afuera de ciertos vínculos y actividades.
La comunicación ya no es lo importante, sino el objeto, el aparato, el artilugio. El medio es el fin. De hecho el uso del móvil en ciertos lugares donde se necesita silencio, sólo interrumpe la comunicación de los demás, la del prójimo. Muchas conversaciones y mensajes de texto por teléfono, mucho chateo, no son más que intercambios onomatopéyicos, deformaciones y empobrecimiento del idioma, simples ejercicios destinados no al receptor, sino a hacer ostensible algo ante quienes están alrededor. El 90 por ciento de los mensajes de correo electrónico, son correo basura (spam).
La comunicación en sí importa cada vez menos. Ya no se trata de alcanzar al otro en un lazo esencial que nos recuerda nuestro vínculo, nuestra calidad de semejantes. Lo que cuenta es la apariencia: Aparentar que se está comunicado. Aún cuando para reflexionar, para registrar el propio mundo interior, para transitar ciertos procesos (de duelo, de creación, de gestación, de búsqueda espiritual, de crecimiento) la soledad sea parte necesaria del itinerario. Hay que aparentar que se está ocupado y contactado, que se pertenece al universo virtual de los conectados. ¿Estamos de verdad vinculados, en un sentido trascendente, los habitantes de este planeta? ¿O por el contrario cada vez hay más gente conectada y menos personas comunicadas? ¿Asistimos a un crecimiento metastático de la conexión y a un empobrecimiento dramático de la comunicación?
Mientras más mensajes cruzan el espacio, menos contactos ciertos, con significado y compromiso, parece haber entre las personas. De esto da fe una cierta angustia existencial, una creciente pregunta por el sentido real de la existencia que se escucha en cuanto se establecen conversaciones verdaderas, sostenidas, ni efímeras ni virtuales. En cuanto mantengamos con un amigo una charla con tiempo y sin teléfonos que nos interrumpan, aparecerán los temas postergados, las necesidades desoídas del alma. Deberíamos de realizar esta reconfortante experiencia más a menudo.
Vivimos una era de contactos virtuales y soledades reales. Quizá debamos volver a las herramientas de enlace imperecederas y esenciales, aquellas que siempre, han estado en nosotros. La mirada, la palabra, la presencia, la escucha receptiva. Quizá una comunicación de este tipo resulte lenta y hasta precaria para quienes sustituyen el contacto por la conexión. Y tendrán razón. La verdadera comunicación entre las personas requiere tiempo, constancia, dedicación. Es un arte y, como todas las artes, necesita de un proceso sutil. Su resultado es el encuentro, la comunión. De lo contrario, podremos estar muy conectados (a la red, a este aparato, al otro artilugio) y, sin embargo, muy solos.